Palco de Prensa

Domingo 15 Noviembre 2015

 

   Por: Gilberto LAVENANT

GILBERTO-LAVENANT-DOSA partir de la postulación de Enrique Peña Nieto, a la Presidencia de la República, los priístas empezaron a presumir que había surgido un nuevo PRI, distinto al que perdió ante el foxismo y que no pudo vencer al calderonismo.

 

Lo cierto es que, en cada proceso electoral, las prácticas y vicios del priísmo, siguen siendo las mismas. Un tanto matizadas, porque las circunstancias han cambiado.

Cuando el PRI ejercía la llamada “dictadura perfecta”, el sentido del voto de los electores, salía sobrando. Los resultados electorales se manejaban al gusto o antojo de los gobernantes en turno.

Surgió la globalización y México tuvo que reconocer que el mundo es más pequeño de lo que se imaginaba. Que estaba en un escaparate mundial, que le obligaba a dejar de comportarse como una dictadura.

Bueno, si es que deseaba participar en las relaciones con otros países. En especial en el comercio internacional.

Entonces, se declaró la apertura partidista. Se establecieron las reglas, para que los demás partidos políticos, salieran de la clandestinidad y participaran, aunque modestamente, en el poder legislativo.

En esta vía, se tuvo que empezar a ciudadanizar los organismos electorales. Y empezaron a brotar los triunfos de los partidos opositores.

En 1989, la ruffomanía derrotó al PRI, en Baja California y surge el primer gobernador de un partido opositor al PRI.

En el 2000, la foxomanía derrotó al PRI a nivel nacional. El calderonismo repitió la dosis, seis años después.

En el 2012, luego de dos sexenios en la Presidencia de la República, el PAN perdió las elecciones presidenciales, no porque los electores se hayan convencido de que el PRI había cambiado, sino porque los decepcionó y hartó el PAN. En solamente 12 años, el gozo se fue al pozo, porque nunca llegó el anhelado cambio.

La presencia del PAN en el gobierno federal, fue mucho más de lo mismo, que se tuvo cuando gobernó el PRI.

En el 2012, se consideró que el PRI habría entendido la lección y que en lo sucesivo, efectivamente sería diferente.

Las reformas estructurales, impulsadas por Peña Nieto, aunque extraordinarias, sus supuestos efectos positivos, tardarán mucho tiempo en sentirse, en palparse, eclipsaron la presencia y acción del PRI.

Esto, aunado a un equipo presidencial, integrado en su mayoría por tecnócratas, fríos e insensibles.

El PRI, aunque en el gobierno, ya no podía operar como en el pasado, cuando solamente “sus chicharrones tronaban”.

Ahora, rebasada la primera mitad de la administración presidencial, tratando de llegar triunfante a los comicios presidenciales del 2018, la estrategia es que sea mayor la presencia del partido, que la del gobierno.

En este resurgimiento del Partido Revolucionario Institucional, en tanto se diluyen los efectos negativos de las reformas estructurales y los sentimientos de coraje en contra del peñanietismo, el PRI trata de recuperar el terreno perdido.

Pero lo hace con cautela, aparentando que ha cambiado. Que las viejas prácticas, como el “dedazo” y las imposiciones de candidatos, no volverán.

Esto no ha sido fácil. Es como el cuento de la cenicienta, el lobo disfrazado de abuelita. Las dirigencias partidistas, tratando de convencer a sus militantes, de que todos tienen las mismas oportunidades y que no habrá “destapados”, ni “padrinos”, en la asignación de candidaturas, les pide que se expresen abiertamente.

Lamentablemente –para los priístas-, bien dicen que las malas costumbres, nunca se olvidan, el PRI no ha cambiado. Es “la misma gata, nada más que revolcada”.

Como en el pasado, si bien es cierto que no se dará la descarada imposición de otros tiempos,  vuelve a reunir a los aspirantes y, en aras de mantener la supuesta unidad partidista, que es inexistente, les compromete a pronunciarse por alguien en particular, condicionándolos, que en caso de no hacerlo ellos, la dirigencia nacional lo hará, y los demás deberán someterse a tales designios. Esto, es un “dedazo” disfrazado”.

La cuestión es que este tipo de compromisos, son “de dientes para afuera”. Llegado el momento, en que surja el supuesto “candidato único” o “candidato de unidad”, ninguno de los demás “comprometidos”, lo apoyará en la búsqueda del triunfo electoral.

Llámenle soberbia , egoísmo  o divisionismo, ninguno de los aspirantes a puestos de elección popular, aportará sus recursos a favor de otro, que no sean ellos mismos.  Igual que pasó con los supuestos independientes. Cada quien para su santo.

La supuesta unidad priísta, se desdibujará, quedando en mera presunción, en los resultados de los comicios del 2016. Esto se percibe claramente.                                                                                            gil_lavenants@hotmail.com

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